La resonancia política que ha tenido lugar después del pasado proceso electoral ha definido la posición en la cuál se colocará la que pudo haber sido “la primera fuerza política del país.”
Según encuestas recientes, indican que la mayor parte de la población quiere de nuevo la paz que se le ha venido reprimiendo en los últimos meses. Otro tanto manifiesta su deseo a que tanto el PRD - incluyendo sus diputados y representantes -, como el mismo López Obrador, reconozcan a las instituciones, a las leyes, y al presidente Felipe Calderón.
López Obrador ha cavado su propia tumba, solo se ha hecho de los peores enemigos. Descalificó a organismos e instituciones federales, señaló como traidores y vendidos a infinidad de gente, movilizó y fracturó a la ciudad que tanto lo apoyó, ¿y todo para qué?, para acusar de un fraude que jamás ha podido ser comprobado, para convocar a un estado de anarquía y violencia disfrazado como una obra en defensa de la democracia, democracia la cuál no respetó.
Error muy grave de los activistas del PRD fue seguir las órdenes déspotas de su líder - y no me refiero a Cárdenas - , y más grave fue respaldar tanto sus acciones como a su proyecto de “gobierno alterno”. Ahora, con las revelaciones sobre la relación APPO-PRD, y el ahora preso Flavio Soza, quien se descubrió como integrante del PRD, la popularidad y credibilidad del partido se ha venido en una fuerte caída.
Años de trabajo incansable le costaron al Ing. Cuauhtémoc Cárdenas para establecer y definir a su partido como tal, para convertirlo en un partido de una verdadera alternativa, fuerte y, hasta hace algunos meses, serio. Y un solo hombre, con el poder de sus acciones, lo derrumbó.